Hoy sólo quiero encontrarte, pasar por alto esta carretera y aterrizar justo encima de la comisura de tus labios. Que ya no me aguanto las ganas de mirarte de frente y perderme en tus manos, y encontrarme en tu boca.
Y que se pare el tiempo, que tú y yo nos bajamos en este instante perfecto, tuyo y mío, nuestro.
Guárdamelo…
Y guárdame también ese brillo que grita desde tus pupilas, que se me clava en el esternón, y explota, y me atrapa, y no me quiere soltar...
Hoy quiero enredarme desnuda en tus brazos, olvidar mi existencia mientras nos derretimos, y arrancarnos la piel a mordiscos rodando por tu colchón. Quiero diluirme con el humo que exhalas en cada suspiro, flotar en tus ojos, morir en tus manos.
Háblame sin hacer ruido, para que nadie nos escuche…
Rebáñame el alma, arráncame la voz, y extingue cada uno de mis átomos, que no quiero existir si no es entre tus labios.
Continúa…
Alimenta mi silencio con tu fuerza innata, y no me sueltes nunca. Déjame hablarte sin pronunciar una sola palabra, que yo conozco otro lenguaje que sólo saben las pupilas, y sé que tú también lo escuchas, y sé que tú también lo sientes…
Mírame, tratando de ser mayor entre tus sábanas, y tú rompiendo todos y cada uno de los escudos que, ilusa de mí, he querido fabricarme, intentando ser crisálida… Pero ya no me imagino el mundo sin tus colores, ni quiero.
Has pintado con chocolate mi universo, has llenado el infinito…
Quédate.
Permíteme mostrarte la magia que emana de cada esquina de tu cuarto, y que me atraviesa, vertical y transversal, con más fuerza que la propia gravedad.
Tú has sido como despertar, después de casi desmayarme… Ya existo.
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